INTERNET, SEGÚN CARMEN GÓMEZ

El proceso de comunicación tradicionalmente ha venido dado por las fórmulas ligadas a los medios impresos y análogos, que han sido precursores de la difusión del pensamiento, los sentimientos y el propio conocimiento. Sin embargo, a día de hoy vivimos inmersos en la estrepitosa era digital. Internet actúa de altavoz del conocimiento, que ha dejado de estar limitado por el espacio o el tiempo. Las ciencias y la literatura, en especial, no han podido escapar de esta vorágine, pese a la pesimista concepción de numerosos teóricos que ven en los nuevos medios el fin del libro como hoy lo conocemos, la muerte del autor o del hábito lector tal cual lo hemos conocido tradicionalmente. Por otra parte, no hemos de olvidar el cosmos literario que se ha instaurado en la red, abarcando foros de debate, revistas digitales, fuentes de datos digitalizados, en resumen, buena parte de un saber que de otro modo no sería posible alcanzar tan rápida y fácilmente. De esta manera, podemos decir, que teniendo en cuenta que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han asumido un rol determinante en la transmisión del conocimiento, se han constituido en el escenario más importante de las obras literarias y los autores en sí mismos.
Internet se convierte entonces en ente todopoderoso, creador de mito y fama, tan idiosincrásico como la turba que tras él se esconde. Es el fenómeno de la tercera revolución del libro, que bien se puede entender como la desconcertante expansión del conocimiento o la muerte del saber. No deja de ser un calco de lo sucedido con la ruptura con el concepto de biblioteca en el Antiguo Régimen, estructurado en torno a tres elementos fundamentales: un mercado estrecho, la lógica económica del corporativismo y unos hábitos de lectura que eran signo de distinción social. Podemos afrontar esta nueva era, entonces, como los señores de los elitistas salones de lectura que temían una banalización del saber por su apertura a un nuevo público, o como los visionarios que aprovecharon la proyección económica de la repercusión literaria o los propios autores que vivieron una nueva relación con sus receptores.

Y es que, aunque Internet sea altavoz de necios e ignorantes, muchas veces, “la invasión de los idiotas” como la bautizó Umberto Eco, es medio de creación, de promoción y de comunicación. Como todo en este mundo abrupto, dos caras de un mismo cuerpo, dañino y productivo a partes iguales.

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